La prensa castrista y procastrista se ha lanzado a celebrar con alegría y entusiasmo la derrota en el senado español de una iniciativa del PP para enterrar definitivamente el intento por parte del gobierno socialista de enterrar la Posición Común europea.
No deben correr tan deprisa. Es cierto que se ha perdido una batalla, pero la guerra continúa, empleando los términos belicosos que tanto gustan a la dictadura comunista cubana. Y si bien en el senado español el PP no ha conseguido articular una mayoría suficiente para apoyar su propuesta, de lo que no cabe duda es que, el sentir mayoritario de la sociedad española, salvo grupúsculos poco representativos y marginales, es de profundo desprecio hacia el régimen que gobierna la Isla desde hace 50 años.
Porque lo cierto es que, para la mayoría de los españoles, una cosa son los Castro, una pareja de dictadores de muy mal gusto y perfil inquietante, dispuestos a permitir que inocentes mueran de huelga de hambre en prisión, y además culparles de su actitud, y otra bien distinta es Cuba y los cubanos.
Para la última colonia de España y sus ciudadanos, España siempre tiene abierto el corazón con un profundo sentimiento de aprecio y cariño. Las encuestas del CIS muestran, de forma significativa, que los cubanos son, con diferencia, los ciudadanos extranjeros mejor valorados por los españoles, mucho más que otros vecinos europeos o mediterráneos.
Hecha esta salvedad, la derrota del PP en el senado es preocupante. Causa sorpresa que gente como PNV o CiU que están en las antípodas del castrismo, no hayan secundado la iniciativa popular, exigiendo el marco de una política más amplia hacia el régimen, cuando la realidad objetiva es que eso, al menos actualmente, resulta imposible.
Por otra parte, no creo que Moratinos, y el gobierno de ZP sigan adelante con su intento de modificar la Posición común. Ya anunciaron días atrás que al menos en este semestre de presidencia española de la Unión, no iban a perseguir este objetivo.
Por lo tanto, la propuesta del PP, al menos en su objetivo principal, ya llegaba tarde tal vez, y en cualquier caso, un gobierno que renuncia a un objetivo de su política exterior en el que tanto Moratinos como ZP tenían especial interés, no debe tener muchos motivos para volver a las andadas.
Por todo ello, no sé por qué tanta alegría en Granma, Juventud Rebelde, Cubadebate, Prensa latina y toda esa fauna de procastristas que, lejos de haber pedido perdón por la muerte de Orlando Zapata, lo siguen calificando de terrorista, de agente infiltrado de la CIA y de toda esa suerte de apelativos que el comunismo cubano utiliza para descalificar a sus adversarios.
Deberían preocuparse más de otras cosas, como por ejemplo, de qué modo van a pagar a las empresas extranjeras establecidas en Cuba, la sensación de crisis institucional que transmiten al exterior, la falta de proyecto e iniciativa, la incapacidad para afrontar la protesta generalizada que se está produciendo en la sociedad cubana y la sensación que se tiene de fin de ciclo y de punto y aparte de la política cubana.
De todo eso es de lo que creo que deberían preocuparse, y no dedicar ni un minuto, como hace Fidel Castro a analizar en sus escritos, la reforma sanitaria de Obama en Estados Unidos. Léanlo, no tiene desperdicio. Quién se ha pasado la mayor parte de su vida hablando sin parar, a veces no le queda más remedio que callar. No lo hará, pero el tiempo se encargará de situar a cada uno en su sitio.
jueves, 25 de marzo de 2010
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