No es malo que la dirigencia del régimen castrista hable con la máxima representación de la Iglesia católica en Cuba.
Desde que en 1967 Fidel Castro declaró que su régimen era marxista, leninista y ateo, ha llovido mucho. La historia de la Iglesia en Cuba, y en el exilio, ha sido muy triste. Tuve la suerte de conocer a algunos de aquellos sacerdotes y monjas cubanas y españoles que fueron expulsados por la fuerza poco después del comienzo de la revolución, y eran personas íntegras, formidables, con un compromiso social evidente que tropezaba con el deseo castrista de adueñarse de toda la sociedad y ponerla a su único servicio.
A partir de 1967, la Iglesia católica quedó recluida a las catacumbas del régimen. Cualquier vinculación con esta organización suponía para los individuos separarse de las prebendas del régimen y perder el acceso a los estudios superiores, o caer en una marginación social que a la larga terminaba en prisión o exilio. Los primeros grupos de derechos humanos que empezaron a plantar cara al régimen comunista tenían una clara orientación católica. La resistencia se mantuvo en la Isla, luchando a brazo partido contra un poder opresor comunista, cuyo único objetivo era el sometimiento integral al pueblo cubano.
Entonces, como si el tiempo no hubiera pasado en balde, el Papa Juan Pablo II, artífice de los cambios políticos y sociales que en Europa derrumbaron el muro comunista de la vergüenza, se presentó ante Fidel Castro y le pidió que Cuba se abriera al mundo. Y el dictador, como si no se tratase de él, se cambió el uniforme verde olivo por un traje gris marengo, y aprovechó la visita del Papa para lavar su imagen internacional, moviendo vía propaganda, los resortes necesarios para sobrevivir en el poder, su único objetivo en 50 años de dictadura.
En el momento actual, no creo que sea malo que el régimen castrista hable con la Iglesia. Al contrario. Todo lo que pueda contribuir a abrir espacios para la pluralidad en la Isla será siempre bienvenido. Cada uno en su sitio. Respetando aquellas posiciones que se puedan reivindicar, y tratando de asegurar, como máxima prioridad, que los presos políticos injustamente enviados a la cárcel obtengan la libertad.
Para que ese diálogo sea fructífero a medio y largo plazo, no obstante, a mi juicio, deben cumplirse algunas premisas. Me propongo reflexionar sobre ellas brevemente.
Primero, la naturaleza misma del diálogo. La Iglesia debe conseguir la libertad de los presos políticos. Insisto, “políticos”, una condición fundamental para que la acción de estos defensores de la democracia y las libertades en Cuba tenga algún sentido. La muerte de Orlando Zapata Tamayo no debe ser en vano. El régimen tiene que reconocer que existen en Cuba personas que no están de acuerdo con el modelo, y que desean libertades y democracia como las que existen en Occidente. No tratarlos como criminales es una condición fundamental para el diálogo.
Segundo, se debe establecer una metodología para mantener de forma continua las conversaciones. Es decir, en lugar de reunirse una sola vez, y abrir un espacio de interrupción, considero que el éxito de este proceso que ahora empieza radica en su continuidad en el tiempo. Hay que fijar una agenda de trabajo, lo suficientemente amplia y a la vez concreta, para que el diálogo sirva para dar resultados positivos y medibles, de forma objetiva. Y hay que dar la máxima transparencia a este proceso para que todo se conozca y se pueda opinar.
Tercero, por la misma razón, hay que respetar el diálogo. No es bueno atacar lo que se está produciendo por primera vez en Cuba en más de medio siglo de régimen dictatorial. Hay que dar un margen de tiempo, una oportunidad para realizar una evaluación del proceso, y tratar de obtener conclusiones con cierta perspectiva histórica. Eso no quiere decir que haya que permanecer impávido ante los acontecimientos. En la medida que este diálogo se haga continuo y se encauce de forma transparente, la acción de seguimiento se puede ver muy potenciada para las dos partes.
Cuarto, hay que huir de cualquier entreguismo al poder comunista. No hay que sacrificar objetivos de largo alcance, que pongan en peligro la solvencia y el apoyo social a la Iglesia, a cambio de prebendas de muy corto plazo que se agotan enseguida. En la balanza, Raúl Castro puede poner mucho más que una empobrecida Iglesia, sometida a control por el espionaje interno que existe en la Isla y que tiene dificultades reales para desarrollar sus actividades.
Quinto, es cierto que la Iglesia siempre ha declarado que no es su intención hacer política, pero está en ello. Su misión, si realmente consiste en apartarse de la futura arena de la transición a la democracia en Cuba, debe ir facilitando el acceso al proceso de diálogo con las autoridades de los grupos de la oposición interna, de los disidentes, que son, al final, los auténticos responsables del proceso de transformación que se debe producir en Cuba. En ello también está el éxito de su participación en este proceso de diálogo inicial.
Estamos en el origen de algo que no sabemos muy bien a dónde puede llegar. Que Raúl Castro haya recibido a los altos representantes de la Iglesia en Cuba es un ejemplo del acoso que siente en momentos tan complicados como los actuales.
Con la economía destruida, observando que sus planes no dan los resultados previstos y siempre mirando de reojo a su hermano convaleciente por lo que pueda decir, y lo que es peor, hacer, Raúl Castro ha tendido una mano a la Iglesia de Cuba en un momento de gran debilidad política y social, en el que su aparato de represión no es capaz de afrontar los retos de las Damas de Blanco, los blogueros cubanos o la actitud contestaría de la juventud que hemos observado en el video realizado por Carlos Montaner.
Todo se le viene abajo, y él lo sabe. Los hermanos Castro, que han sido especialistas en la habilidad política de ganar tiempo, han recurrido a la Iglesia para ello esta vez. Ahora la baza está en la Iglesia católica cubana, de ahí, el papel que todos esperamos que debe jugar y su trascendencia histórica.
viernes, 21 de mayo de 2010
martes, 18 de mayo de 2010
José María Aznar, un defensor de las libertades en Cuba
No me cabe la menor duda que de todos los presidentes de la democracia en España, José María Aznar ha sido el único que ha definido una política coherente hacia el régimen dictatorial comunista de Fidel Castro. Por ello, estamos agradecidos todos los cubanos y españoles que deseamos la democracia y la libertad para Cuba. El “Homenaje a los cubanos demócratas” organizado por FAES en Madrid el pasado 17 de mayo es un buen ejemplo.
Aznar siempre ha tenido las ideas muy claras respecto del castrismo. No así sus antecesores.
Adolfo Suárez llegó a compartir, durante su corto pero intenso mandato, de forma inesperada un estilo y unas confidencias con el dirigente comunista cubano en lo que algunos analistas interpretaron como una huída a toda prisa hacia el bloque de “los no alineados” en una época de guerra fría y final del franquismo, en el que los límites de las ideologías obligaban a este tipo de anacronismos descabellados. Nos han quedado recuerdos fotográficos en blanco y negro de aquel compadreo entre un antiguo camisa azul franquista, hombre clave de la transición española a la democracia, y el tirano comunista que, para muchos, no ha sido fácil de comprender si no es utilizando las claves de aquella época ciertamente complicada.
Felipe González se divirtió en el famoso cabaret Tropicana, y sus relaciones con Castro atravesaron etapas muy distintas, lo que vino justificado por la extensa longitud de su mandato en España. Así, de unos momentos iniciales en los que el dictador comunista encontraba apoyo y cariño de los socialistas españoles, y llegó a firmar unos estrambóticos acuerdos de compensación por las expropiaciones comunistas que se pagaban en langosta y artesanías, se pasó a una etapa más difícil al final de ciclo en el que, tras la caída del muro de Berlín y la perestroika, Fidel Castro acabó echando a patadas de Cuba a los asesores encabezados por Carlos Solchaga que iban a darle orientaciones para sacar a la economía cubana del caos.
Con Aznar, desde el primer momento, las cosas han estado muy claras. Tal vez por sus convicciones democráticas a favor de la libertad, por sus buenas relaciones con Carlos Alberto Montaner, referente del exilio para los demócratas cubanos, o tal vez porque en plena campaña de 1996 se produjo el brutal atentado de la aviación militar castrista contra los pacíficos Hermanos al Rescate, Aznar siempre ha estado del lado de los demócratas cubanos, en las buenas y en las malas. En los momentos de auge y en los de crisis. Siempre se ha prodigado en palabras y apoyo y estímulo a favor de los presos políticos, los disidentes, los que en Cuba sufren y padecen todo tipo de represiones y persecución de la violencia comunista.
Yo que he visto como a la causa de la democracia y la libertad en Cuba se han ido apuntando en los últimos tiempos muchos que, durante años, han aplaudido el régimen castrista, lo agradezco sinceramente. Creo que ese cambio de actitud llega tarde, pero más vale eso que nunca. La causa de las libertades y la democracia en Cuba construye con todos y no es excluyente. De ahí su grandeza, frente a la miseria moral del castrismo.
Pero no puedo menos que testimoniar mi apoyo personal al presidente Aznar, porque su claridad de ideas en este tema, ha sido siempre la misma, uniendo a todas las organizaciones y sensibilidades del exilio en pos de un objetivo común, y contribuyendo, en buena medida, a ese cambio en la percepción que se tiene en amplios sectores de España hacia la dictadura comunista de los hermanos Castro.
Así que, algún día, cuando tengamos la oportunidad de ver realizado el sueño democrático de una Cuba libre y plural, personalidades como José María Aznar ocuparán el papel que merecen con un reconocimiento que, de seguro, aparecerá como referencia histórica. Gracias.
Aznar siempre ha tenido las ideas muy claras respecto del castrismo. No así sus antecesores.
Adolfo Suárez llegó a compartir, durante su corto pero intenso mandato, de forma inesperada un estilo y unas confidencias con el dirigente comunista cubano en lo que algunos analistas interpretaron como una huída a toda prisa hacia el bloque de “los no alineados” en una época de guerra fría y final del franquismo, en el que los límites de las ideologías obligaban a este tipo de anacronismos descabellados. Nos han quedado recuerdos fotográficos en blanco y negro de aquel compadreo entre un antiguo camisa azul franquista, hombre clave de la transición española a la democracia, y el tirano comunista que, para muchos, no ha sido fácil de comprender si no es utilizando las claves de aquella época ciertamente complicada.
Felipe González se divirtió en el famoso cabaret Tropicana, y sus relaciones con Castro atravesaron etapas muy distintas, lo que vino justificado por la extensa longitud de su mandato en España. Así, de unos momentos iniciales en los que el dictador comunista encontraba apoyo y cariño de los socialistas españoles, y llegó a firmar unos estrambóticos acuerdos de compensación por las expropiaciones comunistas que se pagaban en langosta y artesanías, se pasó a una etapa más difícil al final de ciclo en el que, tras la caída del muro de Berlín y la perestroika, Fidel Castro acabó echando a patadas de Cuba a los asesores encabezados por Carlos Solchaga que iban a darle orientaciones para sacar a la economía cubana del caos.
Con Aznar, desde el primer momento, las cosas han estado muy claras. Tal vez por sus convicciones democráticas a favor de la libertad, por sus buenas relaciones con Carlos Alberto Montaner, referente del exilio para los demócratas cubanos, o tal vez porque en plena campaña de 1996 se produjo el brutal atentado de la aviación militar castrista contra los pacíficos Hermanos al Rescate, Aznar siempre ha estado del lado de los demócratas cubanos, en las buenas y en las malas. En los momentos de auge y en los de crisis. Siempre se ha prodigado en palabras y apoyo y estímulo a favor de los presos políticos, los disidentes, los que en Cuba sufren y padecen todo tipo de represiones y persecución de la violencia comunista.
Yo que he visto como a la causa de la democracia y la libertad en Cuba se han ido apuntando en los últimos tiempos muchos que, durante años, han aplaudido el régimen castrista, lo agradezco sinceramente. Creo que ese cambio de actitud llega tarde, pero más vale eso que nunca. La causa de las libertades y la democracia en Cuba construye con todos y no es excluyente. De ahí su grandeza, frente a la miseria moral del castrismo.
Pero no puedo menos que testimoniar mi apoyo personal al presidente Aznar, porque su claridad de ideas en este tema, ha sido siempre la misma, uniendo a todas las organizaciones y sensibilidades del exilio en pos de un objetivo común, y contribuyendo, en buena medida, a ese cambio en la percepción que se tiene en amplios sectores de España hacia la dictadura comunista de los hermanos Castro.
Así que, algún día, cuando tengamos la oportunidad de ver realizado el sueño democrático de una Cuba libre y plural, personalidades como José María Aznar ocuparán el papel que merecen con un reconocimiento que, de seguro, aparecerá como referencia histórica. Gracias.
sábado, 8 de mayo de 2010
La Iglesia cubana ante la encrucijada
En los últimos días llegan noticias de Cuba sobre un papel cada vez más activo de la dirección de la Iglesia católica en los asuntos internos. No es una novedad.
Mucho antes de la visita del Papa Juan Pablo II, cuando pidió que Cuba se abriera al Mundo, ya existían en la Isla organizaciones disidentes de inspiración religiosa, alguna de ellas con capacidad para proponer y reivindicar plataformas de respuesta social dentro de los difíciles márgenes de accion política que existen en la Isla.
El ateísmo de la revolución tuvo un primer gesto con la expulsión masiva de sacerdotes, monjas y seminaristas en el legendario Covadonga a comienzos de la década de los 60. Tuve la oportunidad de conocer a algunos de aquellos expulsados de la Isla que, en contra de su voluntad, nunca quisieron dejar de realizar sus actividades religiosas en la Isla, pero que se vieron obligados a un exilio temprano y brutal por obra y gracia del comunismo.
Años más tarde, el ateísmo practicante e ideológico se hizo oficial y fue decretado por Fidel Castro a finales de los años 60, como colofón a la vasta tarea de destrucción económica y social en la Isla. A ojos de la historia, fue un duro golpe para numerosos sectores de la sociedad que habían dado su apoyo a los revolucionarios. Nadie podía comprender que un estudiante mediocre de los jesuitas de Belén en La Habana pudiera convertir a la Iglesia católica en una organización marginal y perseguida, mientras que se daba todo tipo de apoyo y estímulo a la santería y a otras religiones existentes en la Isla.
De ese modo, la Iglesia cubana atravesó un largo de período de silencio, prohibiciones, oscurantismo y marginación que segaron su voluntad de servicio a la sociedad y la convirtieron en un pacífico compañero de un régimen que, cada día, daba más muestras de haber perdido el sentido de la razón.
Las parroquias se quedaban vacías o sin atención, mientras que las turbas, los comités de defensa de la revolución y los desalmados violentos se encargaban de reducir a cenizas cualquier vestigio de práctica religiosa en la isla.
El período especial y sus calamidades económicas dieron a la Iglesia nuevos bríos, al ser uno de los pocos sitios en los que se podía hacer alguna comida decente al día. Tras la visita del Papa, que supuso un espaldarazo de imagen para un régimen que se ahogaba en su propia miseria, la gente volvió a las iglesias conforme se relajaron las prohibiciones. Y así, hemos llegado a la situación actual.
Varias son las conclusiones que se pueden obtener.
No hay una Iglesia cubana homogénea y con una sóla visión de la realidad y una estrategia específica de acción, aunque se empeñan en hacer que estos objetivos sean alcanzables. Tal vez por ello, aparezcan contradicciones que es preciso analizar con mucho detalle para no perdernos en medio del bosque.
La Iglesia no es un enemigo potencial del régimen castrista, ni tampoco quiere serlo. Su objetivo no es enfrentarse sino apaciguar los ánimos y evitar cualquier baño de sangre en este último tramo del castrismo.
La Iglesia no quiere tomar partido, y aunque determinados sectores políticos tal vez cuestionen esta actitud, pienso que es la única que le garantiza una presencia continua y estable de la organización en la vida social cubana. Tal vez, su objetivo sea más el medio y largo plazo.
La Iglesia está, por lo tanto, en espera de su momento histórico. El Cardenal está jugando sus cartas.¿Quién sabe si Fidel Castro está arrepentido realmente y busca por medio del remordimiento el perdón celestial?
La cuestión es si todo este modelo de acción social le va a permitir ocupar un espacio en el día después. Las transiciones suponen procesos de transformación social de resultados imprevisibles. Así ocurrió en la España de Franco, cuando las parroquias se convertían en refugios de los curas obreros, pero que asentada la democracia, nadie se ha vuelto a acordar de ese importante papel, ni siquiera los dirigentes sindicales que se beneficiaron de la protección del suelo divino.
No es una decisión fácil.
El Cardenal está jugando una partida muy difícil y peligrosa contra un adversario que está acostumbrado a hacer todo tipo de trampas y que, además, tiene muy mal perder. Yo le deseo lo mejor en su empeño. Le deseo que acierte y que sea capaz de situar a la Iglesia cubana en el sitio que le corresponde como organización social con capacidad para liderar cambios.
Mucho antes de la visita del Papa Juan Pablo II, cuando pidió que Cuba se abriera al Mundo, ya existían en la Isla organizaciones disidentes de inspiración religiosa, alguna de ellas con capacidad para proponer y reivindicar plataformas de respuesta social dentro de los difíciles márgenes de accion política que existen en la Isla.
El ateísmo de la revolución tuvo un primer gesto con la expulsión masiva de sacerdotes, monjas y seminaristas en el legendario Covadonga a comienzos de la década de los 60. Tuve la oportunidad de conocer a algunos de aquellos expulsados de la Isla que, en contra de su voluntad, nunca quisieron dejar de realizar sus actividades religiosas en la Isla, pero que se vieron obligados a un exilio temprano y brutal por obra y gracia del comunismo.
Años más tarde, el ateísmo practicante e ideológico se hizo oficial y fue decretado por Fidel Castro a finales de los años 60, como colofón a la vasta tarea de destrucción económica y social en la Isla. A ojos de la historia, fue un duro golpe para numerosos sectores de la sociedad que habían dado su apoyo a los revolucionarios. Nadie podía comprender que un estudiante mediocre de los jesuitas de Belén en La Habana pudiera convertir a la Iglesia católica en una organización marginal y perseguida, mientras que se daba todo tipo de apoyo y estímulo a la santería y a otras religiones existentes en la Isla.
De ese modo, la Iglesia cubana atravesó un largo de período de silencio, prohibiciones, oscurantismo y marginación que segaron su voluntad de servicio a la sociedad y la convirtieron en un pacífico compañero de un régimen que, cada día, daba más muestras de haber perdido el sentido de la razón.
Las parroquias se quedaban vacías o sin atención, mientras que las turbas, los comités de defensa de la revolución y los desalmados violentos se encargaban de reducir a cenizas cualquier vestigio de práctica religiosa en la isla.
El período especial y sus calamidades económicas dieron a la Iglesia nuevos bríos, al ser uno de los pocos sitios en los que se podía hacer alguna comida decente al día. Tras la visita del Papa, que supuso un espaldarazo de imagen para un régimen que se ahogaba en su propia miseria, la gente volvió a las iglesias conforme se relajaron las prohibiciones. Y así, hemos llegado a la situación actual.
Varias son las conclusiones que se pueden obtener.
No hay una Iglesia cubana homogénea y con una sóla visión de la realidad y una estrategia específica de acción, aunque se empeñan en hacer que estos objetivos sean alcanzables. Tal vez por ello, aparezcan contradicciones que es preciso analizar con mucho detalle para no perdernos en medio del bosque.
La Iglesia no es un enemigo potencial del régimen castrista, ni tampoco quiere serlo. Su objetivo no es enfrentarse sino apaciguar los ánimos y evitar cualquier baño de sangre en este último tramo del castrismo.
La Iglesia no quiere tomar partido, y aunque determinados sectores políticos tal vez cuestionen esta actitud, pienso que es la única que le garantiza una presencia continua y estable de la organización en la vida social cubana. Tal vez, su objetivo sea más el medio y largo plazo.
La Iglesia está, por lo tanto, en espera de su momento histórico. El Cardenal está jugando sus cartas.¿Quién sabe si Fidel Castro está arrepentido realmente y busca por medio del remordimiento el perdón celestial?
La cuestión es si todo este modelo de acción social le va a permitir ocupar un espacio en el día después. Las transiciones suponen procesos de transformación social de resultados imprevisibles. Así ocurrió en la España de Franco, cuando las parroquias se convertían en refugios de los curas obreros, pero que asentada la democracia, nadie se ha vuelto a acordar de ese importante papel, ni siquiera los dirigentes sindicales que se beneficiaron de la protección del suelo divino.
No es una decisión fácil.
El Cardenal está jugando una partida muy difícil y peligrosa contra un adversario que está acostumbrado a hacer todo tipo de trampas y que, además, tiene muy mal perder. Yo le deseo lo mejor en su empeño. Le deseo que acierte y que sea capaz de situar a la Iglesia cubana en el sitio que le corresponde como organización social con capacidad para liderar cambios.
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