Nunca me ha gustado realizar vaticinios sobre algo, ni mucho menos predicciones relacionadas con cualquier acontecimiento. El futuro siempre nos depara sorpresas, porque es imprevisible. Lo que hoy puede parecer rosa, torna con el paso del tiempo en gris. Las sociedades cambian, los seres humanos aspiran siempre a mejorar sus condiciones de vida, luchan por la libertad, por llegar a cumplir sus sueños. Y todos esos factores hacen que el futuro sea cualquier cosa menos cierto.
Por eso no puedo menos que prestar atención a una noticia que hoy publica la edición internacional de Granma que me ha hecho reír. La noticia dice textualmente, “El libro "La victoria estratégica", del Comandante en Jefe Fidel Castro, ha acaparado la atención de los lectores que acuden en su busca a las librerías del país, donde el ejemplar ya se ha vendido al precio de 30 pesos”, y añade el título, “Un texto imprescindible para la formación de los cubanos”.
Es pretencioso pensar que este panfleto pueda llegar a convertirse en un libro de referencia para la historia de Cuba, como dicen en la noticia de Granma. Me inclino a pensar que dentro de unos años, cuando las cenizas del castrismo hayan sido borradas de la faz de la tierra, este libro aparecerá en los anaqueles empolvados de esas librerías de lance que existen en los centros históricos de las ciudades europeas. Posiblemente, aquí se encontrarán los escasos lectores de este manuscrito en busca de alguna referencia del "paraíso perdido de Cuba" en una narración obsoleta de las vivencias de un personaje que se ha querido convertir en referencia de un período de la historia de Cuba que podemos calificar de cualquier cosa, menos positivo.
¿Quién en su sano juicio, en una Cuba democrática y libre querrá refrescar la memoria con pasajes como los que se describen en este libro, que han sido tan distorsionados que ni siquiera los pocos que sobreviven a aquella etapa convulsa de la historia, se sienten identificados con lo que se cuenta en las historias. Un libro que vuelve a las tesis de siempre: el enfrentamiento entre los cubanos, el papel redentor de la revolución, la presencia malévola del imperio y la ingente labor del personaje llamado Fidel Castro.
Disiento del artículo de Granma, cuando señala que este libro es un “testimonio de la ética y el humanismo que siempre mantuvo la Revolución cubana”. La Revolución y su afán de instaurar por la fuerza en Cuba un sistema totalitario, en el que las libertades y el pluralismo democrático han sido prohibidos, es contraria a la razón humana, y hasta el propio Fidel Castro lo ha reconocido recientemente.
Para los más jóvenes, este libro se terminará convirtiendo en el típico cuento de las “batallitas de los abuelos”. Ya se sabe que los jóvenes cubanos no se sienten identificados con la ideología absurda de la gerontocracia que dirige la nación, y basta con contemplar los asistentes al discurso del paraninfo de la Universidad de La Habana el otro día para comprobar el escaso interés y entusiasmo de los jóvenes con las palabras de alguien que se refiere a hechos sucedidos hace más de 65 años.
Al final, lo que tienen los cubanos ahora para leer es un libro aburrido, mal escrito según los que entienden de estas cosas, que está alejado de la realidad y que contribuye más a la confusión sobre los acontecimientos descritos que a una verdadera referencia histórica. Hasta en eso Fidel Castro ha querido dejar su impronta, la idea perversa de que antes de la revolución Cuba era como una especie de muladar florentino, y que la revolución lo que hizo fue construir una nación desde cero. Grave mentira histórica que habrá que reparar en una de las primeras tareas a emprender por los gobiernos que recuperen las libertades, la democracia y el pluralismo en Cuba.
Yo no he leído este libro. Tampoco pienso hacerlo. Mi huelga de ojos caídos tiene mucho que ver con las dificultades que tienen los cubanos para acceder, por ejemplo, a la obra de Cabrera Infante, que me contaba en sus visitas a Valencia, como jurado de la Mostra, cómo sus libros en La Habana se cambiaban por latas de leche condensada, mostrando con ello el indudable valor de los mismos.
Yo no voy a leer, “La victoria estratégica” porque no me quiero aburrir, pero en la democracia y la libertad, usted amable lector es libre de hacer lo que quiera. Hágalo y disfrute. En Cuba, probablemente, lo tendría muy difícil. Se lo aseguro.
viernes, 10 de septiembre de 2010
jueves, 9 de septiembre de 2010
El nuevo Fidel Castro ante el mundo
Visitando acuarios, atacando al máximo líder de Irán por antisemitismo, reconociendo responsabilidades personales directas en las atrocidades cometidas contra los homosexuales en Cuba, inventando guerras nucleares para una fecha determinada y ahora, por si no fuera suficiente, reconociendo el fracaso de la economía totalitaria estalinista diseñada por el mismo para sustentar su poder político, aparece un nuevo personaje mediático llamado Fidel Castro ante el Mundo, y los medios se entregan a la ardua tarea de difundir sus mensajes. ¿Es éste el fin de Fidel Castro, o es que estamos soñando?
¿Qué debe conocer este personaje, acostumbrado a inmolarse con ideas y pensamientos absurdos, para “tirar la toalla” de esta manera? ¿Es que ya no tiene capacidad para controlar los movimientos que, a buen seguro, se están produciendo dentro de su propio régimen político para descabezarlo? O es que ¿acaso piensa que el castrismo puede terminar de forma violenta a la Ceaucescu en Rumania, en medio de la crisis permanente a la que ha arrojado a la sociedad cubana, y se prepara para lo que ha de venir?
Me temo que algo de eso puede estar ocurriendo, o tal vez todo junto. Hace muchos años, cuando se comenzó a reflexionar sobre cómo podría ser el final de un régimen como el diseñado por Fidel Castro para Cuba, la idea más extendida insistía en la pérdida de confianza interna y externa sobre un modelo que sólo puede funcionar con la personalidad de un líder. Las dictaduras mueren con quién las crea, la sucesión de poder dinástica en el autoritarismo rara vez cuaja. Las sociedades evolucionan por muy estrechos que sean sus márgenes, y la sociedad cubana sin Fidel Castro durante casi un lustro, no entiende la continuidad dinástica de Raúl. A nivel externo, la confianza también disminuye y nadie quiere apostar por un incierto.
Lo que Fidel Castro está haciendo es tratar de recuperar y consolidar el poder omnímodo que perdió tras su alejamiento de la cúpula que dirige el país, y que se le escapa de las manos con la entrada en escena de nuevos actores políticos, por ejemplo, su hermano, la hija de su hermano, el cardenal, las Damas de Blanco, los grupos de la disidencia y oposición interna, los presos políticos.
Y en esa estrategia, posiblemente de diseño propio, reconoce todo lo que sea necesario para recuperar el poder, porque sabe mucho más. En sus datos puede figurar que a corto plazo, el país menos competitivo de América, según el reciente informe del World Economic Forum, Venezuela, quién le sostiene con el dinero del petróleo, no podrá seguir dándole apoyo por más tiempo, ante la acumulación de problemas económicos que afronta el país, y la previsible alternancia en las urnas. Esa es una grave preocupación para quién está acostumbrado a recibir financiación gratis del exterior para destinarla a actividades improductivas.
También es posible que sepa que los presos terroristas cubanos, detenidos y juzgados por tribunales democráticos y con una justicia democrática en Estados Unidos, la denominada Red Avispa, no van a salir de prisión, por mucha solidaridad marginal que pueda recabar en el mundo, y que cumplirán sus penas íntegras por la grave amenaza que provocaron a ciudadanos pacíficos en la Florida. Al menos, tuvieron una justicia democrática e independiente, lo que Fidel Castro niega en Cuba a los presos políticos, como los que fueron detenidos en la Primavera negra de 2003.
Y es también probable que sus preocupaciones giren en torno a las consecuencias que se puedan derivar de su responsabilidad en los ataques letales a Hermanos al Rescate, en las campañas bélicas antiimperialistas que organizó en los años 60 y 70, y todos esos episodios lamentables que, el paso del tiempo, llevará a su desclasificación y conocimiento público.
También su preocupación le puede venir por el temor a que la Unión Europea le considere un dictador al que no vale la pena atender ni tener en cuenta, por el daño que ha causado manteniendo y reforzando la temida Posición Común.
Por todo eso, Fidel Castro está preocupado. Y no es para menos. Ni los discursos a las 7 y media de la mañana en el paraninfo de la Universidad dirigidos a estudiantes soñolientos y aburridos que ni le entienden cuando habla, ni tampoco el apoyo residual y marginal de sectores de la izquierda trasnochada que aún le observan como un dirigente al que respetar, le va a servir de mucho. Su destrucción económica, moral y social de Cuba le va a suponer el pago de un alto precio. Tan alto, que ni la historia le va a querer absolver. Tal vez vea en vida la desaparición de su régimen. El sueño de varias generaciones de cubanos.
¿Qué debe conocer este personaje, acostumbrado a inmolarse con ideas y pensamientos absurdos, para “tirar la toalla” de esta manera? ¿Es que ya no tiene capacidad para controlar los movimientos que, a buen seguro, se están produciendo dentro de su propio régimen político para descabezarlo? O es que ¿acaso piensa que el castrismo puede terminar de forma violenta a la Ceaucescu en Rumania, en medio de la crisis permanente a la que ha arrojado a la sociedad cubana, y se prepara para lo que ha de venir?
Me temo que algo de eso puede estar ocurriendo, o tal vez todo junto. Hace muchos años, cuando se comenzó a reflexionar sobre cómo podría ser el final de un régimen como el diseñado por Fidel Castro para Cuba, la idea más extendida insistía en la pérdida de confianza interna y externa sobre un modelo que sólo puede funcionar con la personalidad de un líder. Las dictaduras mueren con quién las crea, la sucesión de poder dinástica en el autoritarismo rara vez cuaja. Las sociedades evolucionan por muy estrechos que sean sus márgenes, y la sociedad cubana sin Fidel Castro durante casi un lustro, no entiende la continuidad dinástica de Raúl. A nivel externo, la confianza también disminuye y nadie quiere apostar por un incierto.
Lo que Fidel Castro está haciendo es tratar de recuperar y consolidar el poder omnímodo que perdió tras su alejamiento de la cúpula que dirige el país, y que se le escapa de las manos con la entrada en escena de nuevos actores políticos, por ejemplo, su hermano, la hija de su hermano, el cardenal, las Damas de Blanco, los grupos de la disidencia y oposición interna, los presos políticos.
Y en esa estrategia, posiblemente de diseño propio, reconoce todo lo que sea necesario para recuperar el poder, porque sabe mucho más. En sus datos puede figurar que a corto plazo, el país menos competitivo de América, según el reciente informe del World Economic Forum, Venezuela, quién le sostiene con el dinero del petróleo, no podrá seguir dándole apoyo por más tiempo, ante la acumulación de problemas económicos que afronta el país, y la previsible alternancia en las urnas. Esa es una grave preocupación para quién está acostumbrado a recibir financiación gratis del exterior para destinarla a actividades improductivas.
También es posible que sepa que los presos terroristas cubanos, detenidos y juzgados por tribunales democráticos y con una justicia democrática en Estados Unidos, la denominada Red Avispa, no van a salir de prisión, por mucha solidaridad marginal que pueda recabar en el mundo, y que cumplirán sus penas íntegras por la grave amenaza que provocaron a ciudadanos pacíficos en la Florida. Al menos, tuvieron una justicia democrática e independiente, lo que Fidel Castro niega en Cuba a los presos políticos, como los que fueron detenidos en la Primavera negra de 2003.
Y es también probable que sus preocupaciones giren en torno a las consecuencias que se puedan derivar de su responsabilidad en los ataques letales a Hermanos al Rescate, en las campañas bélicas antiimperialistas que organizó en los años 60 y 70, y todos esos episodios lamentables que, el paso del tiempo, llevará a su desclasificación y conocimiento público.
También su preocupación le puede venir por el temor a que la Unión Europea le considere un dictador al que no vale la pena atender ni tener en cuenta, por el daño que ha causado manteniendo y reforzando la temida Posición Común.
Por todo eso, Fidel Castro está preocupado. Y no es para menos. Ni los discursos a las 7 y media de la mañana en el paraninfo de la Universidad dirigidos a estudiantes soñolientos y aburridos que ni le entienden cuando habla, ni tampoco el apoyo residual y marginal de sectores de la izquierda trasnochada que aún le observan como un dirigente al que respetar, le va a servir de mucho. Su destrucción económica, moral y social de Cuba le va a suponer el pago de un alto precio. Tan alto, que ni la historia le va a querer absolver. Tal vez vea en vida la desaparición de su régimen. El sueño de varias generaciones de cubanos.
miércoles, 1 de septiembre de 2010
Las relaciones de España y la Unión Europea con el régimen castrista
Como no se ande con cuidado, la defensa a ultranza del régimen castrista en la Unión Europea puede ser un arma mortal para Zapatero.
Ya casi le cuesta la cabeza al ministro Moratinos, que tuvo que retirar de forma precipitada su propuesta de revisión de la Posición Común, cuando encontró que la mayoría de los países, encabezados por las antiguas naciones socialistas del Este de Europa, reforzadas por Alemania, Francia o Suecia, se oponían a mantener cualquier negociación con un régimen que había mostrado su absoluta falta de respeto a los derechos humanos el 23 de febrero, al morir en prisión, sin apenas ayuda, un demócrata defensor de los derechos humanos, Orlando Zapata Tamayo. El mismo régimen político que se apresta a negociar con presos para ganar tiempo y mejorar su crisis interna que amenaza, en cualquier momento, con explotar.
Tratar de convencer a la Unión Europea de las bondades del régimen castrista puede ser un arma de muerte política para Zapatero y su gobierno. Mucho más que la actual crisis económica y su correlato en términos de desempleo masivo, la dificultad para superar una negociación presupuestaria con insuficiente apoyo parlamentario, o los resultados en contra de las últimas encuestas de opinión política.
El tema de las relaciones del último régimen comunista dictatorial de Occidente con la Unión Europea es muy delicado. Lo es para España, y también para la Unión. Y el momento actual no es el mejor para su planteamiento político.
Con la Unión Europea, no se juega. Tal vez, el presidente de gobierno español debería solicitar el concurso y la colaboración de otro presidente de su mismo partido, Felipe González, que entendió muy bien lo que significaba para España entrar a formar parte en 1986 de la Europa de las libertades y la democracia. El destino de 27 democracias, comprometidas con la defensa de los derechos humanos y la libertad, va mucho más lejos que el apoyo coyuntural a intereses empresariales marginales y aventureros, o las veleidades políticas de un izquierdismo trasnochado que ya no existe en el mapa socio electoral español.
Ir a buscar votos a la Cuba de los Castro carece de sentido para un socialismo fuertemente cuestionado por amplios sectores de la sociedad española, indignados con la gestión de la crisis económica, determinadas leyes muy controvertidas, y la acumulación de una serie de problemas estratégicos y tácticos para España que no tienen fácil solución. La sensación de fin de ciclo político que se vive actualmente pasa por un momento difícil en la negociación presupuestaria de 2011, las elecciones de Cataluña y finalmente las autonómicas y locales de la primavera del próximo año.
Una serie de pruebas que van a dejar, qué duda cabe, muy tocado al gobierno de Zapatero, en los niveles de aprobación social más bajos de los últimos seis años, según las encuestas del gubernamental CIS. Tal vez por ello, un nuevo fracaso en el tema de Cuba, y sobre todo en la Unión Europea, puede llevar asociado un coste político muy elevado.
Por mucho que se esfuercen las autoridades de la Isla en mostrar su rostro más benigno, la recuperación de salud de Fidel Castro arroja un motivo de incertidumbre para canalizar de forma adecuada, la reactivación de las relaciones con la Unión Europea. No hace falta registrar mucho en las hemerotecas para comprobar que el viejo líder comunista en cualquier momento ataca y lanza duras acusaciones hacia los 27, sin temor alguno.
Liberar a 27 presos políticos, cuando todavía se mantiene en la cárcel al doble, y aumentar la represión interna, según fuentes próximas a las Damas de Blanco, no es un expediente suficiente para que los países de la Unión revisen su Posición Común con el castrismo. Y no deben hacerlo.
La estrategia concertada de la Unión, dirigida a exigir al régimen su evolución hacia las libertades, el pluralismo y la democracia, no sólo es acertada, sino que está dando sus frutos, y por ello, hay que perseverar. ¿Cómo, si no, la jerarquía de la Iglesia cubana entra en un escenario de negociación con las autoridades, del que siempre había sido excluida e incluso, reprimida? Las autoridades siguen sin dar pie a los grupos opositores y disidentes internos en la negociación, pero ellos se sienten animados por el apoyo de las democracias europeas, y continúan en su labor en defensa de las libertades. Lejos de esconderse o de renunciar a sus actividades, el apoyo internacional es fundamental para la democracia en Cuba. Sobre todo, cuando se les detiene, aumenta la represión y se les llega a criminalizar, como hizo Raúl Castro en su discurso ante la Asamblea Nacional hace unas semanas.
La única novedad en Cuba, que encontrarán los socialistas españoles en su afán de atraer al régimen hacia la negociación de un nuevo marco con la Unión Europea, es que ahora, en la Isla, aparecen por primera vez en 51 años dos poderes reales: uno el estratégico, y en cierto modo, enloquecido y alejado de la realidad, viene representado por Fidel Castro, cuyo rol internacional creciente le llevará a entrar de forma directa en el diálogo. Ya se verá. El otro poder, representado por la gestión y un perfil más bajo, lo tiene su hermano Raúl, el encargado de poner un poco de orden en la casa destruida del comunismo castrista. El cómo se organicen entre ellos, cómo repartirán sus parcelas de poder, y en qué medida esa nueva correlación sirva para algo, lo podremos observar en los próximos meses. El socialismo español, ante un interlocutor como éste, haría muy bien dejando las cosas como están. Entrar en ese gallinero, puede suponer un peligro cuyo coste, nadie podrá asumir.
Ya casi le cuesta la cabeza al ministro Moratinos, que tuvo que retirar de forma precipitada su propuesta de revisión de la Posición Común, cuando encontró que la mayoría de los países, encabezados por las antiguas naciones socialistas del Este de Europa, reforzadas por Alemania, Francia o Suecia, se oponían a mantener cualquier negociación con un régimen que había mostrado su absoluta falta de respeto a los derechos humanos el 23 de febrero, al morir en prisión, sin apenas ayuda, un demócrata defensor de los derechos humanos, Orlando Zapata Tamayo. El mismo régimen político que se apresta a negociar con presos para ganar tiempo y mejorar su crisis interna que amenaza, en cualquier momento, con explotar.
Tratar de convencer a la Unión Europea de las bondades del régimen castrista puede ser un arma de muerte política para Zapatero y su gobierno. Mucho más que la actual crisis económica y su correlato en términos de desempleo masivo, la dificultad para superar una negociación presupuestaria con insuficiente apoyo parlamentario, o los resultados en contra de las últimas encuestas de opinión política.
El tema de las relaciones del último régimen comunista dictatorial de Occidente con la Unión Europea es muy delicado. Lo es para España, y también para la Unión. Y el momento actual no es el mejor para su planteamiento político.
Con la Unión Europea, no se juega. Tal vez, el presidente de gobierno español debería solicitar el concurso y la colaboración de otro presidente de su mismo partido, Felipe González, que entendió muy bien lo que significaba para España entrar a formar parte en 1986 de la Europa de las libertades y la democracia. El destino de 27 democracias, comprometidas con la defensa de los derechos humanos y la libertad, va mucho más lejos que el apoyo coyuntural a intereses empresariales marginales y aventureros, o las veleidades políticas de un izquierdismo trasnochado que ya no existe en el mapa socio electoral español.
Ir a buscar votos a la Cuba de los Castro carece de sentido para un socialismo fuertemente cuestionado por amplios sectores de la sociedad española, indignados con la gestión de la crisis económica, determinadas leyes muy controvertidas, y la acumulación de una serie de problemas estratégicos y tácticos para España que no tienen fácil solución. La sensación de fin de ciclo político que se vive actualmente pasa por un momento difícil en la negociación presupuestaria de 2011, las elecciones de Cataluña y finalmente las autonómicas y locales de la primavera del próximo año.
Una serie de pruebas que van a dejar, qué duda cabe, muy tocado al gobierno de Zapatero, en los niveles de aprobación social más bajos de los últimos seis años, según las encuestas del gubernamental CIS. Tal vez por ello, un nuevo fracaso en el tema de Cuba, y sobre todo en la Unión Europea, puede llevar asociado un coste político muy elevado.
Por mucho que se esfuercen las autoridades de la Isla en mostrar su rostro más benigno, la recuperación de salud de Fidel Castro arroja un motivo de incertidumbre para canalizar de forma adecuada, la reactivación de las relaciones con la Unión Europea. No hace falta registrar mucho en las hemerotecas para comprobar que el viejo líder comunista en cualquier momento ataca y lanza duras acusaciones hacia los 27, sin temor alguno.
Liberar a 27 presos políticos, cuando todavía se mantiene en la cárcel al doble, y aumentar la represión interna, según fuentes próximas a las Damas de Blanco, no es un expediente suficiente para que los países de la Unión revisen su Posición Común con el castrismo. Y no deben hacerlo.
La estrategia concertada de la Unión, dirigida a exigir al régimen su evolución hacia las libertades, el pluralismo y la democracia, no sólo es acertada, sino que está dando sus frutos, y por ello, hay que perseverar. ¿Cómo, si no, la jerarquía de la Iglesia cubana entra en un escenario de negociación con las autoridades, del que siempre había sido excluida e incluso, reprimida? Las autoridades siguen sin dar pie a los grupos opositores y disidentes internos en la negociación, pero ellos se sienten animados por el apoyo de las democracias europeas, y continúan en su labor en defensa de las libertades. Lejos de esconderse o de renunciar a sus actividades, el apoyo internacional es fundamental para la democracia en Cuba. Sobre todo, cuando se les detiene, aumenta la represión y se les llega a criminalizar, como hizo Raúl Castro en su discurso ante la Asamblea Nacional hace unas semanas.
La única novedad en Cuba, que encontrarán los socialistas españoles en su afán de atraer al régimen hacia la negociación de un nuevo marco con la Unión Europea, es que ahora, en la Isla, aparecen por primera vez en 51 años dos poderes reales: uno el estratégico, y en cierto modo, enloquecido y alejado de la realidad, viene representado por Fidel Castro, cuyo rol internacional creciente le llevará a entrar de forma directa en el diálogo. Ya se verá. El otro poder, representado por la gestión y un perfil más bajo, lo tiene su hermano Raúl, el encargado de poner un poco de orden en la casa destruida del comunismo castrista. El cómo se organicen entre ellos, cómo repartirán sus parcelas de poder, y en qué medida esa nueva correlación sirva para algo, lo podremos observar en los próximos meses. El socialismo español, ante un interlocutor como éste, haría muy bien dejando las cosas como están. Entrar en ese gallinero, puede suponer un peligro cuyo coste, nadie podrá asumir.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
